No se necesita ser teólogo para entender que el aborto es éticamente inaceptable. Basta la razón, la ciencia y la filosofía para reconocer que en el vientre materno habita una persona humana, no una “cosa”.
Siendo católico, podría parecer natural que me oponga al aborto por motivos religiosos. Pero no es así. Mi postura surge desde la Bioética, desde la razón iluminada por la evidencia científica y por una comprensión filosófica coherente de lo que significa ser humano.
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| Feto humano. |
Por eso, el aborto biológicamente es un asesinato. No hay otro término posible cuando la acción voluntaria tiene por finalidad suprimir una vida humana inocente. No se trata de “una interrupción del embarazo” como repiten los eufemismos de moda; se trata de poner fin a la existencia de un individuo humano que está en una fase temprana de su desarrollo.
Incluso la ética médica clásica lo entendió siempre así. El Juramento Hipocrático, texto fundacional de la medicina occidental, lo expresa sin ambigüedad: “No daré a ninguna mujer una sustancia abortiva.” Este principio —vigente por más de dos milenios— no se basa en la fe, sino en el respeto incondicional por la vida del paciente, sea cual sea su etapa o condición. El médico está al servicio de la vida, no de su eliminación.
Y si el feto no fuera un ser vivo, como algunos ridículamente pretenden sostener, la Embriología sería una rama de la Física, no de la Biología. Pero no lo es. Es Biología porque estudia organismos vivos. La ciencia no tiene dudas al respecto: lo que se gesta en el útero no es materia inerte, sino vida humana en desarrollo.
La persona, según Boecio
Para comprender la gravedad moral del aborto, debemos ir más allá de la biología y entrar en el terreno metafísico. Boecio, filósofo cristiano del siglo VI, definió a la persona como “sustancia individual de naturaleza racional”. Esa definición no depende del ejercicio actual de la razón, sino de su naturaleza: un ser es persona no porque piense, hable o vote, sino porque pertenece a una especie racional.
Así, el feto humano es una persona en potencia, no una cosa, porque posee ya la naturaleza racional del ser humano. La potencia no disminuye la dignidad; al contrario, la funda. Un niño que duerme, un anciano en coma o un discapacitado profundo siguen siendo personas, aunque no ejerzan sus facultades racionales. Reducir la dignidad a la funcionalidad es abrir la puerta a justificar cualquier forma de eliminación “por conveniencia”.
Por eso, cuando algunos sectores ideologizados de extrema izquierda —como el Partido Comunista en Chile— sostienen que el embrión “no es persona” o que “la mujer tiene derecho sobre su cuerpo”, omiten una verdad esencial: el cuerpo que se gesta no es el suyo, sino el de otro ser humano. Un cuerpo que depende, sí, pero que no pertenece. Si la mujer quiere modificar su cuerpo, que lo haga: que se ponga implantes mamarios, que se haga una liposucción, pero no que aborte, porque eso implica matar a otro ser viviente.
Chile ante un dilema ético
En nuestro país, el debate sobre el aborto ha sido capturado por consignas políticas y sentimentalismos. Se apela al sufrimiento, a la autonomía y a los “derechos reproductivos”, pero se elude la pregunta fundamental: ¿qué o quién es el que se elimina en un aborto?
Si lo que se elimina es un ser humano, entonces estamos frente a una violación directa del derecho más básico: el derecho a la vida... y peor aún, porque acá se viola la vida de un inocente, y del más indefenso de todos. Si, en cambio, el embrión o el feto se tratara de un cúmulo de células sin identidad ni destino, el aborto sería un simple procedimiento médico. Pero la ciencia y la filosofía coinciden: no es lo segundo.
La verdadera compasión no consiste en eliminar la vida del inocente, sino en acompañar, proteger y ofrecer alternativas que afirmen la dignidad tanto de la madre como del hijo. La bioética católica, que es también una ética racional, no busca imponer dogmas, sino recordar que la vida humana es un bien en sí mismo, nunca un medio ni un estorbo.
Motivos para rechazar el aborto
Desde la bioética:
- Viola el principio de no maleficencia: el aborto daña y destruye a un ser humano inocente.
- Contradice el principio de beneficencia, que exige actuar en favor de la vida y el bienestar del paciente.
- Niega la autonomía del feto, que también es un sujeto moral con derecho a existir.
Desde la ciencia:
- La genética confirma que el embrión posee un ADN humano único desde la fecundación (cf. Bruce M. Carlson, Human Embryology and Developmental Biology).
- La embriología demuestra que desde el cigoto hay organización y desarrollo autónomo, propios de un ser vivo.
- No existe salto ontológico entre “embrión” y “persona”: sólo un proceso continuo de maduración.
Desde la moral y la filosofía:
- Según Boecio, el ser humano es persona por su naturaleza racional, no por su edad ni desarrollo.
- Santo Tomás de Aquino enseñó que el bien de la vida es un valor intrínseco, no instrumental.
- Juan Pablo II, en Evangelium Vitae, afirmó que “ninguna circunstancia, ninguna finalidad, ninguna ley podrá jamás hacer lícito un acto que es intrínsecamente ilícito”.
El aborto, en suma, no es un derecho: es una tragedia revestida de modernidad. Es un acto que destruye dos vidas —la del hijo y la de la madre—, y que hiere la conciencia de una sociedad que se ha olvidado de su raíz más humana: la compasión por los más indefensos.
Defender la vida desde la concepción no es un gesto religioso: es el mínimo moral de una civilización que aún pretende llamarse humana.

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