jueves, 9 de octubre de 2025

La derecha y los permanentes errores de los derechistas

En lugar de defender con seriedad los principios de libertad y responsabilidad, la derecha chilena se consume en peleas menores y discursos absurdos que la debilitan frente a la izquierda.


En Chile, la derecha tiene buenas razones para existir: defiende la libertad individual, el derecho de las familias a decidir sin la intromisión del Estado, la importancia de la propiedad privada, la lucha contra los impuestos injustos, y además la necesidad de una economía libre que incentive la innovación y el esfuerzo personal. Son fundamentos sólidos, probados en la historia, y que autores como Friedrich Hayek o Karl Popper defendieron como garantías contra la tiranía. Sin embargo, en vez de robustecer esas ideas y proyectarlas hacia el siglo XXI, gran parte de la derecha chilena parece obsesionada con desvaríos que la alejan de su vocación natural.

La derecha se entrampa en estupideces

El problema es simple: la derecha se entrampa en estupideces. En lugar de centrar la discusión en cómo asegurar crecimiento económico, generar empleo o garantizar seguridad pública —que son las preocupaciones reales de la mayoría—, ciertos sectores prefieren atrincherarse en debates que no sólo son estériles, sino que además resultan tóxicos. Xenofobia disfrazada de “defensa cultural”, discursos antivacunas presentados como “libertad de conciencia” o la negación del cambio climático como si fuese "una moda progresista". Todo esto no solamente erosiona la credibilidad del sector, sino que lo convierte en una triste caricatura.

Derecha política.
Basta recorrer las redes sociales para verlo con claridad. Un contingente ruidoso de autodenominados “defensores de la libertad” dedica más tiempo a insultar, a levantar teorías conspirativas o a cultivar una indignación perpetua que a pensar en políticas públicas con visión de futuro. Como advirtió Alexis de Tocqueville en "La democracia en América", la democracia requiere virtudes cívicas; sin ellas, la libertad degenera en griterío vacío. El problema no es sólo la izquierda que avanza con su agenda estatista; es también una derecha que se dispara en los pies, incapaz de ordenar un discurso atractivo para las mayorías. 

Dejar de lado los discursos identitarios y discrminadores

Lo más paradójico es que los principios de la derecha tienen hoy enorme potencial: frente a un Estado obeso e ineficiente, frente a un sistema de seguridad colapsado, frente a la asfixia regulatoria que castiga al emprendimiento, lo lógico sería ofrecer soluciones serias, modernas y audaces. Pero ese esfuerzo se diluye cuando los líderes del sector y sus bases mucho más ruidosas prefieren las peleas identitarias y los memes de X (Twitter) antes que la elaboración de un proyecto político serio, liberal e inclusivo.

Necesitamos una derecha que, como decía Raymond Aron, asuma el “realismo político”: que defienda la libertad no desde el capricho individualista mal entendido, sino desde una comprensión profunda de las instituciones que la sostienen. Una derecha que se aleje del ruido y se concentre en lo fundamental: más libertad, más responsabilidad, más oportunidades. De lo contrario, seguirá siendo rehén de sus propias caricaturas, dejando el espacio abierto para que la izquierda, con todos sus fracasos a cuestas, siga dominando el relato.

La derecha debe elegir: o se convierte en un muro de contención de ideas excéntricas que repelen a la ciudadanía, o recupera su verdadero rol histórico como fuerza de orden, libertad y progreso. El desafío está sobre la mesa. Y las redes sociales no bastan para resolverlo.

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