Cuando las lágrimas tienen ideología...
Hay una frase que resuena con fuerza en medio del ruido: “El genocidio israelí en Palestina es brutal e injustificable, al igual como también lo es la masacre rusa en Ucrania.” Y sin embargo, en Chile —y en buena parte de la izquierda occidental— esa equivalencia moral parece no existir. Porque para ellos, los muertos valen distinto según quién dispare el arma.
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| Ucrania y Palestina. |
Una brutal lección histórica
La izquierda chilena, la misma que se proclama “antimperialista”, calla ante el expansionismo ruso porque, en el fondo, sigue mirando el mundo con lentes de Guerra Fría. Si el agresor no es Estados Unidos ni un aliado occidental, entonces el crimen se disuelve en un mar de excusas geopolíticas. Pero no hay “geopolítica” que explique el cuerpo de una madre abrazada a su hijo muerto, sea en Gaza o en Donetsk.
Es triste y aberrante el poder comprobar que para la izquierda chilena, la vida de un civil ucraniano vale muchísimo menos que la vida de un civil palestino, como si ambos no fueran casos de personas inocentes afectados por la violencia de una fuerza militar invasora.
La historia debiera enseñarles algo a los comunistas y neomarxistas chilenos. El mismo espíritu que hoy oprime a Ucrania fue el que hace décadas aplastó a Hungría en 1956 y a Checoslovaquia en 1968. La bota rusa —zarista o soviética— siempre fue la misma. Pero la izquierda local, heredera del romanticismo pro-soviético, aún no rompe con esa devoción nostálgica por los regímenes “antioccidentales”, aunque estos pisoteen los derechos humanos con la misma brutalidad que dicen detestar.
Un caso espantoso de inconsecuencia política
No hay coherencia posible en quienes marchan por Palestina, pero se niegan a condenar la invasión rusa a Ucrania. No hay humanidad sincera en quien se indigna selectivamente frente a la tragedia de civiles que lo pierden todo por culpa del invasor.
El dolor de una madre que llora a su hijo muerto sobre los escombros en Gaza no pesa más —ni menos— que el de una madre que perdió al suyo en las calles destruidas de Mariúpol. Ambos llantos son iguales ante Dios y ante el mundo, aunque no lo sean ante la conciencia de los ideólogos fanáticos y obtusos.
Quizás esa sea la verdadera tragedia que se esconde detrás de ambas masacres: que el sufrimiento ajeno, para algunos, todavía tenga ideología.

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