La FIFA podría recuperar la esencia del deporte rey si baja sus exigencias para organizar mundiales adultos. Países medianos como Chile ya demostraron que se puede hacer un torneo exitoso y sostenible, sin estadios gigantes ni presupuestos faraónicos.
Organizar un Mundial de fútbol se ha convertido, en las últimas décadas, en una hazaña reservada para las grandes potencias económicas. Los requisitos que impone la FIFA —estadios para 60 u 80 mil personas, infraestructuras descomunales y presupuestos que rozan lo irreal— han transformado lo que alguna vez fue una celebración global en un proyecto de lujo, al alcance de muy pocas naciones.
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| La copa del mundo. |
Además, esta medida sería una forma concreta de avanzar hacia mundiales verdaderamente sostenibles. Las imágenes de los “elefantes blancos” en Sudáfrica y Brasil siguen siendo un recordatorio de lo que no debe repetirse: estadios construidos para un mes de gloria y luego abandonados, demolidos o convertidos en ruinas modernas. El legado del fútbol no puede medirse en toneladas de concreto, sino en el impacto positivo que deja en las comunidades que lo viven.
Que el fútbol vuelva a ser universal
Democratizar la organización de los mundiales permitiría diversificar las sedes, repartir los beneficios y devolverle al fútbol su carácter universal. No todos los países pueden construir templos de acero, concreto y vidrio, pero muchos tienen algo más importante: la pasión, la hospitalidad y la capacidad de hacer del balón una fiesta nacional.
Si la FIFA realmente quiere que el fútbol siga siendo “el juego del mundo”, debe abrir la cancha y dejar que más naciones puedan soñar con organizarlo. Porque el fútbol, en esencia, no pertenece a los gigantes: le pertenece a todos. ⚽🌍

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