La infraestructura existe, el talento sobra y la experiencia reciente lo demuestra. Lo único que hoy nos impide soñar en grande es la falta de decisión desde el poder político.
A estas alturas, decir que Chile no puede organizar unos Juegos Olímpicos es, derechamente, un acto de pesimismo institucional. Después del impecable desarrollo de los Juegos Panamericanos y Parapanamericanos Santiago 2023 —un evento que dejó infraestructura moderna, experiencia organizativa y orgullo nacional— el país demostró que tiene la capacidad técnica, el capital humano y la madurez para acoger una cita planetaria.
Chile sí uede hacer los Juegos Olímpicos 2036. Lo que no puede seguir haciendo es auto-sabotearse con indecisión, falta de visión y una política pública que sólo piensa en el corto plazo.
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| Estadio Nacional. |
🏗️ Un país con la base lista
Santiago y varias regiones del país cuentan con recintos deportivos que ya están a la altura de cualquier competencia internacional. El Estadio Nacional, el Parque Estadio Nacional, los nuevos centros de alto rendimiento y los recintos regionales conforman una red sólida.
A eso se suma la infraestructura urbana: metro, autopistas, aeropuertos, red hotelera y conectividad digital. Ninguna, o casi ninguna, sede olímpica reciente partió con tanto terreno avanzado como el que tiene hoy Chile. La diferencia está en la voluntad.
🏟️ El proyecto que puede cambiarlo todo: un estadio azul con visión nacional
Un ejemplo concreto de cómo Chile puede dar el salto está concretar en el proyecto de estadio propio de Universidad de Chile, una idea que lleva años dando vueltas, pero que podría transformarse en la pieza que le falta al país para soñar en grande. Sólo falta voluntad política para destrabar la nefasta permisología para construir estadios en nuestro país, y eso es un tirón de orejas directo a la clase política chilena, con su habitual mirada cortoplacista.
Ese recinto —si se diseña con visión estratégica— podría convertirse en un estadio olímpico moderno, con capacidad para más de 60 mil espectadores y una pista atlética desmontable, que sirva tanto para el fútbol y atletismo como para grandes eventos deportivos y musicales. Esto es acorde a las exigencias del COI (Comité Olímpico Internacional), donde se le pide a los países un estadio olímpico con una capacidad de al menos 60 mil personas.
Y lo más importante: no necesita depender de recursos fiscales directos. Podría construirse mediante una alianza público-privada, en la que una gran empresa privada de carácter internacional financie el estadio a cambio de los derechos de nombre por un periodo prolongado (por ejemplo, “[Nombre de la marca] Arena Azul” o “[Marca] Olympic Stadium”). Ese modelo ya ha sido exitoso en otras partes del mundo: desde el Allianz Arena en Múnich hasta el Emirates Stadium en Londres.
De esta forma, el país ganaría un recinto multipropósito, moderno y emblemático, capaz de ser sede olímpica, final de Copa Libertadores o incluso ser parte de un Mundial de fútbol. La “U” tendría su casa soñada (concretando el sueño de casi 4 millones de chilenos hinchas del club azul), y Chile, su carta fuerte para los Juegos Olímpicos 2036.
En paralelo a esto, se podría postular al Estadio Nacional para ser Patrimonio de la Humanidad de la Unesco. En el mundo sólo hay un estadio que tiene este distintivo, y nuestro histórico coloso ñuñoíno podría ser el segundo, si es que los políticos deciden enfocarse en ello.
💰 Una inversión con retorno, no un gasto
Hablar de construir un estadio o postular a unos Juegos Olímpicos no debe entenderse como despilfarro, sino como una inversión en desarrollo nacional. Los beneficios de este tipo de proyectos son múltiples: empleo, turismo, infraestructura urbana, posicionamiento internacional, marca-país y fomento al deporte de base.
Las cifras de Londres 2012 o Barcelona 1992 son elocuentes: ambos países recuperaron con creces lo invertido, no sólo en términos económicos, sino en legado social, cultural y urbano. Chile puede replicar esa fórmula si se atreve a mirar más allá del próximo ciclo electoral. Además, estaría pensado para ser un evento sustentable, sin dejar "elefantes blancos" que nunca más vuelvan a utilizarse.
🏛️ Falta liderazgo, no capacidad
El problema, entonces, no es técnico ni financiero. Es político.
No existe liderazgo ni una visión de Estado que entienda que el deporte puede ser motor de desarrollo.
Un proyecto así —la modernización integral del Estadio Nacional, y su proyección como patrimonio a nivel global, y la construcción del estadio azul con proyección olímpica— requiere una señal clara desde el poder: una política de Estado que trascienda gobiernos, ideologías y periodos.
Chile tiene ingenieros, arquitectos, deportistas y gestores capaces de llevar adelante una candidatura sólida. Lo que no tiene, todavía, son autoridades con visión de futuro y la decisión de jugársela por un sueño que pondría al país en la primera línea del mundo.
🔵 Soñar no cuesta nada, pero decidir sí
El país que organizó impecablemente los Panamericanos 2023 puede organizar unos Juegos Olímpicos 2036.
El país que levantó el Estadio Nacional en plena crisis del salitre puede, perfectamente, construir un estadio moderno con capital privado y una pista atlética desmontable.
El país que formó campeones mundiales y exportó talento deportivo a todo el planeta no puede seguir diciendo “no se puede”. Chile sí puede. Lo único que falta es la voluntad política de creer en grande.
Los Juegos Olímpicos 2036 no son un sueño imposible. Son una meta alcanzable si el país se atreve a pensar con visión y orgullo.
El futuro no espera: o nos quedamos en la pequeña escala del “algún día”, o nos decidimos, de una vez por todas, a decir con fuerza: Chile va por los Juegos Olímpicos 2036.

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