Al aprobarse el plebiscito de 1980 por la vía de las urnas, Augusto Pinochet pasa a ocupar el cargo de Presidente de la República, tal como estaba estipulado en esa Carta Magna.
En la memoria colectiva de nuestro país, el nombre de Augusto Pinochet está inevitablemente asociado al golpe de Estado de 1973 y al régimen militar que le siguió. Es innegable que durante sus primeros años ejerció el poder como dictador, en un contexto de quiebre institucional y crisis política, a causa de los terroristas que en innumerables oportunidades trataron de derrocarlo. Sin embargo, también es necesario subrayar que, a partir de 1980, el propio Pinochet impulsó un marco constitucional que le permitió pasar de gobernante de facto a Presidente de la República, conforme a la legalidad de una nueva Carta Fundamental, aprobada en las urnas por la ciudadanía chilena.
Cuando el pueblo votó a favor de Chile
| Augusto Pinochet. |
Con la entrada en vigor de la Constitución, Pinochet dejó atrás la figura de “Jefe Supremo de la Nación” y pasó a ostentar el título de Presidente de la República, con un período definido y reglas que contemplaban la celebración de un plebiscito hacia el final de su mandato. Esto es crucial: la transición chilena hacia la democracia no nació de presiones externas ni de imposiciones de la izquierda y los comunistas llenos de odio, sino de lo que la misma Carta Magna de 1980 había previsto con antelación.
El plebiscito de 1988 fue fijado por el propio Pinochet
El plebiscito de 1988, que tantas veces es reivindicado por sectores opositores como su “victoria”, fue en realidad una prueba del diseño institucional impulsado por el propio Pinochet y sus colaboradores. La Constitución establecía que llegado ese momento, los chilenos decidirían en las urnas si el general continuaba en la presidencia o si correspondía abrir paso a elecciones libres, con candidatos nombrados por las agrupaciones políticas respectivas. El hecho de que ese plebiscito se realizara pacíficamente, con plena participación ciudadana y con resultados aceptados por todos, es la mejor prueba de que la transición no fue arrancada por la fuerza a la autoridad, sino que fue conducida por las normas dictadas bajo el propio régimen.
Tras la estrecha derrota del “Sí”, el gobierno militar cumplió lo estipulado: se convocaron elecciones democráticas, se respetó la decisión ciudadana y se produjo en 1990 una transferencia pacífica de poder inédita en la región. No hubo guerra civil, no hubo derrumbe del sistema ni caos económico. Al contrario, se trató de una de las transiciones más ordenadas y ejemplares de la historia de América Latina, donde la continuidad institucional y el respeto al itinerario constitucional aseguraron estabilidad y gobernabilidad. Durante ese proceso, Pinochet le dio una verdadera lección al mundo entero.
La izquierda no "derrocó" a Pinochet: eso es una mentira
La narrativa de que fue la izquierda o el Partido Comunista quien “provocó” la transición es más propaganda que realidad. La izquierda, en verdad, apostaba por una vía insurreccional y violentista durante buena parte de los 80; su rol estuvo lejos de ser el de garante democrático. Quien dispuso el camino, quien firmó las reglas, y quien aceptó finalmente la decisión popular, fue el general Augusto Pinochet.
Por eso, reconocer que Pinochet comenzó como dictador no es contradictorio con afirmar que, a partir de 1980, se convirtió en Presidente Constitucional, y que gracias a la Constitución que él mismo impulsó, Chile vivió una transición pacífica y ordenada hacia la democracia plena. Es un hecho histórico: la institucionalidad que permitió el retorno a las urnas fue obra del propio régimen militar, no de aquellos que hoy intentan apropiarse de un proceso que, en rigor, se gestó desde La Moneda bajo el mando del mismísimo Augusto Pinochet.
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