La nueva reforma del gobierno busca reducir el impuesto corporativo del 27% al 23% para recuperar competitividad, reactivar la inversión y generar empleo, tras una década marcada por bajo dinamismo económico desde la reforma de 2014.
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| José Antonio Kast. |
En economía, las señales importan. Y durante más de una década, Chile ha enviado una particularmente contradictoria: mientras el mundo avanzaba hacia una reducción de impuestos corporativos para atraer inversión, nuestro país optó por subirlos. Hoy, el gobierno del Presidente José Antonio Kast busca revertir ese ciclo con una propuesta tributaria que pone el crecimiento en el centro del debate. No se trata solo de números: se trata de empleo, inversión y de recuperar el lugar que Chile alguna vez tuvo como líder económico en la región.
El diagnóstico: una década perdida en crecimiento
Los datos son elocuentes. Antes de la reforma tributaria impulsada por el Gobierno de Michelle Bachelet en 2014, Chile exhibía una de las economías más dinámicas de América Latina. En 2010, el impuesto de primera categoría era de 17%. Sin embargo, tras sucesivas modificaciones, este se elevó hasta el actual 27%, nivel que se mantiene hasta hoy.
El problema no es solo el alza, sino el contexto internacional en que ocurrió. Según cifras de la OCDE (2025), mientras Chile aumentaba su carga tributaria, el promedio de los países desarrollados bajaba desde 25% en 2010 a 24% en la actualidad. A nivel global y en América Latina, el promedio es aún menor: 21%. Es decir, Chile no solo subió impuestos, sino que lo hizo en contra de la tendencia mundial.
Las consecuencias no tardaron en aparecer. Diversos análisis coinciden en que el crecimiento económico se desaceleró de forma sostenida en la última década, posicionando a Chile entre los países con menor dinamismo relativo en la región. La inversión, motor clave del desarrollo, también se resintió, afectando directamente la creación de empleo.
Una carga tributaria fuera de competencia
Hoy, Chile se ubica entre los 10 países con mayor impuesto corporativo dentro de la OCDE. Con un 27%, supera ampliamente el promedio del bloque (24%) y queda muy por encima del promedio latinoamericano (21%).
Este diferencial no es trivial. En un mundo donde el capital se mueve con rapidez, las empresas comparan destinos antes de invertir. Una tasa más alta implica menor rentabilidad esperada, lo que puede inclinar la balanza hacia otros países más competitivos.
De hecho, entre 2000 y 2025, 114 países redujeron su impuesto corporativo, mientras solo 16 lo aumentaron. Chile fue parte de ese grupo minoritario. El resultado: una señal poco atractiva para la inversión extranjera y un freno interno para el desarrollo empresarial.
La propuesta de Kast: crecimiento como eje central
Frente a este escenario, la reforma del gobierno propone reducir gradualmente el impuesto de primera categoría desde el 27% actual hasta un 23% en 2029. El cronograma es claro: 25,5% en 2027, 24% en 2028 y 23% en 2029.
En paralelo, se establecen incentivos para las pymes, con tasas reducidas de 12,5% entre 2026 y 2027, y de 15% en 2028, sujeto a ciertos requisitos. La medida apunta directamente a fortalecer el tejido empresarial más vulnerable y dinamizar el empleo.
El impacto potencial no es menor: se estima que beneficiará a cerca de 150 mil empresas, responsables de más de 5 millones de empleos formales, es decir, un 53% del total. Además, estas compañías concentran el 90% de la inversión en el país.
Más inversión, más empleo: el círculo virtuoso
El corazón de la propuesta es simple: al reducir la carga tributaria, aumentan los incentivos para invertir. Y cuando hay más inversión, se genera más empleo.
Este efecto podría verse reforzado por otras medidas complementarias incluidas en el plan, como la invariabilidad tributaria por 25 años para inversiones superiores a US$50 millones, y la agilización de permisos regulatorios. A ello se suma un foco inmediato en sectores intensivos en mano de obra, como la construcción, que ha perdido cerca de 200 mil empleos en los últimos años.
Incluso, el propio Ministerio de Hacienda proyecta que estas medidas podrían empujar el crecimiento hacia un rango de 2,5% a 3% en el corto plazo, con efectos visibles desde fines de este año.
El debate pendiente: costo fiscal vs. crecimiento
Como toda reforma de envergadura, esta propuesta no está exenta de cuestionamientos. Se estima que la rebaja tributaria implicará una merma fiscal de alrededor de US$1.800 millones anuales en régimen.
La apuesta del gobierno es clara: ese costo será compensado por un mayor crecimiento económico. Es una lógica que divide a los expertos, pero que tiene sustento en la evidencia internacional: economías más dinámicas tienden a recaudar más, incluso con tasas más bajas.
Sin embargo, el éxito de esta estrategia dependerá de factores adicionales: estabilidad regulatoria, reducción de la burocracia y certezas jurídicas. La rebaja de impuestos, por sí sola, no basta.
Más allá de sus efectos inmediatos, la reforma tributaria de Kast busca enviar una señal potente: Chile quiere volver a competir. En un escenario global desafiante, donde la inversión escasea y los países compiten activamente por atraer capital, la política tributaria se transforma en una herramienta clave.
La discusión recién comienza en el Congreso, pero el diagnóstico parece compartido: sin crecimiento, no hay desarrollo posible. Y sin inversión, no hay crecimiento.
La pregunta de fondo no es si Chile puede permitirse bajar impuestos. La verdadera interrogante es si puede permitirse no hacerlo.

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