martes, 21 de abril de 2026

El grosero doble estándar de la izquierda chilena frente a las masacres en Ucrania y Palestina

Dolores que gritan y dolores que se silencian según la trinchera ideológica.

Ucrania.

Hay cifras que estremecen, pero hay silencios que inquietan aún más. Desde el inicio de la invasión rusa a Ucrania en 2022, miles de civiles han muerto, entre ellos al menos 766 niños, de acuerdo con las estadísticas de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). A la par, más de 10 millones de personas han debido abandonar sus hogares, convertidas en refugiados o desplazados internos. No son números abstractos: son familias rotas, ciudades vaciadas, infancias interrumpidas.

Y, sin embargo, en Chile, esa tragedia no ha tenido el mismo eco. No ha encendido las mismas consignas, ni ha llenado las calles con la misma urgencia. La pregunta incómoda emerge sola: ¿por qué hay dolores que sí importan… y otros que parecen no hacerlo?


Las cifras de una tragedia que no cesa

Ucrania no es solo un frente de guerra: es una herida abierta en tiempo real.

  • 15.378 civiles muertos confirmados, con miles más probablemente no registrados.
  • Más de 41.000 heridos, muchos de ellos marcados de por vida.
  • 5,9 millones de refugiados fuera del país.
  • 3,7 millones de desplazados internos.

Cada cifra es una historia truncada. Cada número es un nombre que alguien sigue pronunciando en voz baja. Cada dato es una tragedia humana.

En las ciudades bombardeadas, los juegos infantiles quedaron a medio terminar. En los hospitales, el llanto reemplazó al bullicio cotidiano. En los hogares vacíos, aún hay tazas sobre la mesa esperando a quienes no volverán nunca más.


La indignación que no llega

En Chile, amplios sectores de la izquierda y la ultraizquierda han levantado —con justa razón— la voz frente a otras tragedias, como la de Gaza. Han marchado, denunciado, exigido justicia.

Pero ese mismo impulso no ha tenido correlato frente al sufrimiento ucraniano. No hay la misma intensidad. No hay la misma constancia. No hay la misma visibilidad. La indignación, que debería ser un reflejo moral frente al dolor humano, parece en estos casos filtrarse por una lógica distinta: la afinidad ideológica.

Para parte de la izquierda chilena, la guerra en Ucrania no se observa principalmente como una tragedia humanitaria, sino como una pieza dentro de un tablero global, donde ven con mejores con ojos a la Rusia del macabro Vladimir Putin que a Ucrania con sus millones de víctimas silenciosas.

Rusia, en ese relato, aparece a veces más como contrapeso que como agresor. Y en esa lectura, el sufrimiento de los civiles ucranianos se diluye, se relativiza o simplemente se omite. Pero la geopolítica no entierra a los muertos. No consuela a las madres. No reconstruye las casas reducidas a escombros.


El mismo llanto bajo cielos distintos

Ucrania.
Hay una escena que se repite, aunque cambien los idiomas y los paisajes. Una madre sostiene la ropa de su hijo. La huele, como si en ese gesto pudiera retener lo que la guerra le arrebató. Afuera, el ruido lejano de explosiones o sirenas. Adentro, un silencio que lo ocupa todo. Esa madre puede estar en Gaza. Puede estar en Jersón. Y su dolor es exactamente el mismo.

Pero hay algo que ninguna ideología debería poder distorsionar: el dolor humano. El llanto de una madre en Gaza es idéntico al de una madre en Ucrania. El silencio de una casa vacía en Mariúpol es el mismo que en Rafah. La ausencia de un niño asesinado no entiende de bloques, ni de OTAN, ni de narrativas antiimperialistas.

Reducir ese dolor a una jerarquía moral —donde unas vidas parecen importar más que otras— no solo es una inconsistencia política. Es, en el fondo, una renuncia ética.

El problema no es la solidaridad con unas víctimas. El problema es la ausencia de esa misma solidaridad con otras. Porque cuando se establece —aunque sea de forma implícita— que unas vidas valen más que otras, lo que se erosiona no es solo la coherencia política. Es la base misma de cualquier ética que aspire a ser universal.

Las cifras de Ucrania seguirán creciendo mientras la guerra continúe. Los nombres seguirán acumulándose. Las ausencias seguirán multiplicándose. Y mientras tanto, en este rincón del mundo, la pregunta seguirá flotando, incómoda y persistente:

¿Desde cuándo el dolor humano necesita permiso ideológico para ser reconocido como tal?

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