sábado, 18 de abril de 2026

El converso de última hora: la democracia según Boric

Del silencio frente a la violencia y el terrorismo en 2019 a las pomposas tribunas europeas defendiendo la democracia y el Estado de Derecho, la trayectoria reciente de Gabriel Boric abre una pregunta incómoda: ¿convicción democrática o reinvención política?


La política suele conceder segundas oportunidades, pero rara vez olvida las primeras decisiones. Esta semana, Gabriel Boric apareció en foros internacionales en Barcelona, participando en instancias dedicadas a la defensa de la democracia. Su discurso, correcto en la forma, contrasta con un pasado reciente en el que, cuando Chile enfrentó una de sus mayores crisis institucionales, optó por una posición que hoy resulta difícil de conciliar con ese relato. La distancia entre ambos momentos no es solo política: es también moral.


Octubre de 2019: la hora de las decisiones reales

Gabriel Boric en 2019.
Lo ocurrido en octubre de 2019 ha sido objeto de múltiples interpretaciones, pero hay hechos que resisten el maquillaje conceptual. Durante meses, Chile vivió una ola sostenida de violencia: saqueos, incendios intencionales, destrucción de infraestructura crítica y ataques sistemáticos a las fuerzas de orden. No fue una simple expresión de malestar social; fue una crisis de orden público de magnitud inédita en la historia de nuestro país.

En ese contexto, el entonces diputado Boric enfrentó una disyuntiva clara: respaldar el orden constitucional encabezado por Sebastián Piñera —electo Presidente con una mayoría contundente en 2017— o alinearse, explícita o implícitamente, con la presión de la calle y con la fuerza bruta de los vándalos. Su conducta, lejos de situarse como un dique frente al desborde, terminó facilitando una salida política que muchos interpretaron como una concesión ante la violencia enajenada.

El mal llamado “Acuerdo por la Paz” —firmado bajo un clima de fuerte coacción ambiental— no logró restablecer la normalidad de inmediato, pero sí abrió un proceso constituyente que, en su origen, estuvo marcado por la validación indirecta de la presión callejera como herramienta política.


Cuando la democracia no era discurso, sino deber

Defender la democracia no consiste en invocarla en escenarios internacionales, sino en sostenerla cuando se enfrenta amenazas concretas. En 2019, esa amenaza no provenía de un régimen autoritario, sino de la erosión interna del orden público y del cuestionamiento violento a las reglas del juego.

En esos meses oscuros, el país requería liderazgos capaces de condenar sin ambigüedades la violencia, respaldar a las instituciones y ofrecer certezas. Sin embargo, el discurso de sectores de la izquierda y ultraizquierda tendió a relativizar los hechos, diluyendo la gravedad de lo ocurrido bajo el argumento de las “demandas sociales”.

La omisión —o ambigüedad— en momentos críticos también es una forma de decisión. Y en política, las decisiones se juzgan no por la intención declarada, sino por sus consecuencias.


La reinvención sin autocrítica

Es legítimo que un dirigente evolucione. De hecho, la política requiere aprendizaje y ajuste. El problema surge cuando ese tránsito se realiza sin una revisión honesta del pasado. Hoy, Boric se presenta como un defensor o un paladín del Estado de Derecho frente a populismos y amenazas autoritarias, pero evita confrontar su propio rol en un episodio donde la institucionalidad chilena estuvo bajo presión extrema y casi terminó fragmentada en mil pedazos.

La democracia chilena no colapsó en 2019. Resistió. Lo hizo gracias a la fortaleza de sus instituciones, el patriotismo de los carabineros, y, sobre todo, a una ciudadanía que, en procesos posteriores como el plebiscito de 2022, optó por rechazar propuestas percibidas como refundacionales o alejadas de los equilibrios tradicionales.

Ese resultado no fue casual: reflejó un deseo mayoritario de estabilidad y continuidad institucional frente al vértigo del cambio forzado.

La credibilidad no se construye en conferencias internacionales, sino en la consistencia entre pasado y presente. Para que el discurso actual de Boric sobre la defensa de la democracia tenga peso real, no basta con enunciar principios políticamente correctos; se requiere reconocer errores, asumir responsabilidades y errores propios, y ofrecer una narrativa coherente entre lo que se hace y lo que se dice.

El 2019 Chile ya atravesó su prueba más dura en décadas recientes. Y en ese momento, quienes aspiraban a liderar tenían la obligación de estar a la altura. La memoria política puede ser frágil, pero la memoria social suele ser más persistente.

La pregunta, entonces, no es si Boric puede convertirse en un defensor genuino de la democracia. La pregunta es si está dispuesto a admitir que, cuando más importaba ser un verdadero demócrata, no lo fue.

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