lunes, 30 de marzo de 2026

La política no puede ser un escenario para egos

Las declaraciones del diputado Daniel Manouchehri defendiendo el estilo confrontacional de Daniella Cicardini reflejan un problema creciente en la política chilena: la tentación de convertir el debate público en espectáculo y las instituciones en escenarios para el lucimiento personal.


¿Reality show político?

La política democrática se construye sobre una idea elemental: las instituciones están por encima de las personas. Los parlamentarios pasan, los gobiernos cambian, pero la República permanece. Por eso resultan tan reveladoras las declaraciones del diputado Daniel Manouchehri, quien sostuvo que no debería ser la senadora Daniella Cicardini la que se adapte al Senado, sino que el Senado el que se adapte a su forma de hacer política.

Más allá de la polémica puntual, esas palabras dejan al descubierto una concepción preocupante del ejercicio del poder: la idea de que las instituciones deben moldearse según el estilo de quienes las ocupan circunstancialmente. En otras palabras, que la política puede transformarse en un escenario donde lo importante no es la seriedad del debate, sino la capacidad de generar impacto mediático.


El Senado no es una barra brava

El Senado chileno no nació para ser un espacio de estridencias. Desde su origen ha sido concebido como una cámara de reflexión, donde el debate político se conduce con mesura y respeto institucional.

Por eso no sorprende que diversos senadores reaccionaran con molestia ante la insinuación de que la Cámara Alta debería acomodarse al estilo de una parlamentaria. La política democrática no puede funcionar como una barra brava ni como una tribuna de consignas. Su función es deliberar, construir acuerdos y representar al país con responsabilidad.

Cuando el debate se transforma en espectáculo, cuando el golpe de efecto reemplaza a la argumentación, lo que se deteriora no es solo el tono de la discusión: se debilita la credibilidad de las instituciones.


Cuando la política parece un reality

En los últimos años ha crecido una tendencia preocupante: algunos dirigentes parecen entender la política como si fuera un reality show. Lo importante ya no sería construir soluciones ni articular acuerdos, sino aparecer en pantalla, protagonizar polémicas y dominar la agenda mediática del día.

Ese estilo —que mezcla confrontación permanente, frases incendiarias y actuaciones calculadas— puede generar titulares, pero rara vez contribuye a mejorar la calidad de la democracia. Al contrario, alimenta el descrédito ciudadano y refuerza la sensación de que el Congreso se ha convertido en un escenario de protagonismos personales.

La política no es televisión. No se trata de acumular minutos de pantalla ni de ganar aplausos momentáneos en redes sociales. Se trata de gobernar con responsabilidad y de legislar pensando en el país, no en la próxima polémica.


El peligro del mesianismo político

Las críticas surgidas desde el propio Congreso apuntan a otro problema de fondo: el mesianismo político. La convicción de que una figura, por su estilo o su visibilidad, puede colocarse por encima de las normas y de los procesos colectivos.

Pero en democracia nadie cambia el rumbo de un país por sí solo. Las transformaciones duraderas nacen del trabajo institucional, del diálogo y del respeto por las reglas del juego. Cuando un dirigente cree que su estilo está por encima de la institucionalidad, lo que termina debilitándose no es el sistema político: es la confianza pública.

La República exige una virtud que hoy parece escasa en algunos sectores de la política: la humildad. Entender que los cargos son temporales, que el protagonismo mediático es efímero y que las instituciones están por encima de cualquier figura individual.

Chile necesita parlamentarios firmes en sus convicciones, pero también conscientes de los límites que impone la vida republicana. Porque cuando la política se transforma en espectáculo —y cuando algunos parecen querer convertirla en un reality show— lo que se pierde no es solo la seriedad del debate público. Lo que se pierde, en última instancia, es el respeto por la República.

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