La eventual llegada de U2 en 2027 vuelve a desnudar una verdad tan triste como incómoda: en Chile no faltan espectáculos, faltan estadios. Y mientras el Estadio Nacional se reserva —con razón— para el deporte, el país entero paga el precio de décadas de abandono.
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| Estadio Nacional. |
El Estado, a través del liderazgo de la ministra Natalia Duco, reafirma que el Estadio Nacional debe priorizar el deporte, lo que parece una decisión entendible y lógica, pero a la vez deja al descubierto una realidad mucho más profunda y preocupante: Chile simplemente no tiene infraestructura suficiente para sostener su propia vida cultural y deportiva.
Un solo coloso para todo
La historia se repite. Cada vez que un megaevento quiere aterrizar en Chile —ya sea Metallica, BTS o leyendas como Rush— el destino es inevitable: el Estadio Nacional.
No hay alternativa real. No hay otro recinto de esa escala, en cuanto a capacidad de aforo. No hay red de estadios modernos que permita distribuir la carga. Todo pasa por Ñuñoa. Todo depende de una cancha que hoy, correctamente, se busca proteger para el fútbol y el deporte alto rendimiento.
El resultado es absurdo: conciertos en lista de espera, shows multitudinarios en terrenos planos con pésima visibilidad, giras que dudan, productoras que negocian a ciegas… y un país que queda fuera del mapa por no tener dónde recibir a las mejores bandas y solistas del mundo.
La U y el eterno desarraigo
Pero si hay alguien que encarna esta frustración estructural, es Universidad de Chile. Uno de los dos clubes más populares del país, que llena estadios de Arica a Punta Arenas, no tiene casa propia. Vive de allegado. Depende del calendario, de la disponibilidad, del permiso. La ilusión de una institución con cuatro millones de hinchas, muchas veces queda totalmente a la deriva.
Cada vez que la U hace de “local” lejos de Santiago, cada vez que su hinchada invade regiones para seguir al equipo, hay algo que se rompe. No es solo logística: es identidad. Es el sentido de pertenencia. Es historia que no tiene dónde anclarse.
El país más antifútbol del mundo
Mientras en Sudamérica se levantan estadios de primer nivel, Chile acumula excusas. Cuarenta años sin construir un recinto de más de 40 mil personas no es un dato: es una declaración de fracaso. Y no es solo fútbol. Es cultura. Es economía. Es ciudad.
Porque un estadio moderno no es solo cemento: es desarrollo urbano, es empleo, es comunidad, es espectáculo. Es el lugar donde un gol y una canción pueden convivir sin estorbarse.
Pero aquí seguimos atrapados en la permisología, en la burocracia, en el miedo a construir. Un país que discute todo y concreta nada.
La decisión de priorizar el deporte en el Estadio Nacional no es el problema. De hecho, es totalmente entendible. El problema es que no exista un “Plan B”. Y el hecho de mirar al otro lado de la cordillera, para ver que solo en Buenos Aires existen más de diez estadios para más de 30 mil personas, es algo que de verdad me deprime como chileno.
Que nuestro país obligue a elegir entre un partido de fútbol y un concierto de U2 es, en sí mismo, una señal de subdesarrollo. En cualquier nación que se tome en serio, ambas cosas conviven: una en un estadio y otra en otro. Aquí, se estorban. Y mientras tanto, los hinchas —del rock, del fútbol— miramos desde la galería cómo todo se posterga.
A pesar de todo, la ilusión no muere. Ni la de ver a Bono cantando bajo el cielo de Santiago, ni la de ver a Universidad de Chile entrando a su propio estadio, azul, lleno, rugiendo. Pero ese sueño ya no puede depender de promesas. Necesita decisión. Necesita coraje. Necesita que el Estado deje de ser un obstáculo y empiece, de una vez por todas, a estar a la altura.
Porque un país sin estadios no es solo un país sin infraestructura. Es un país sin escenarios para su propia alma.

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