Musicalmente discutible, escénicamente contundente. El show de Bad Bunny en el Super Bowl fue mucho más un gesto político-cultural más que un acontecimiento sonoro: un recordatorio incómodo de que América no empieza ni termina en Estados Unidos.
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| Bad Bunny. |
Pero sería mezquino quedarse solo en la queja sonora de un vocalista menos que discreto cantando un estilo musical peor que malo. Porque lo verdaderamente relevante de su aparición no estuvo en sus horrorosas canciones, sino en el mensaje implícito: la idea de que todos somos América. Una afirmación tan simple como potente, y también tan necesaria como incómoda para la narrativa cultural estadounidense.
Un show que se entiende mejor con los ojos que con los oídos
Desde un punto de vista estrictamente musical, el espectáculo fue errático, fome, saturado y poco emocionante. No hubo épica, no hubo clímax, no hubo esa sensación de himno colectivo que suele marcar los grandes shows de mediotiempo del Super Bowl.
Sin embargo, la puesta en escena fue precisa: coreografías limpias, símbolos latinos reconocibles, y una estética que rompió con la hegemonía del pop anglosajón que suele dominar este escenario. Fue un espectáculo que se defendió desde el cuerpo, desde la visualidad y desde la identidad, no desde la melodía.
América somos todos
Bad Bunny no fue al Super Bowl a conquistar oídos: fue a ocupar espacio. De eso, lo que más rescato fue el elocuente “Todos somos América”: una frase que incomoda al estadounidense promedio.
Lo más plausible del show fue su trasfondo conceptual: la idea de que América no es solo Estados Unidos. Que América también habla español, baila distinto y viene de otras heridas históricas.
Personalmente, siempre me ha parecido arrogante que los estadounidenses se apropien del término “América” y se autodenominen “americanos”, como si el continente terminara en Texas y empezara en Nueva York. No obstante, en estricto rigor, la Real Academia Española acepta ambos usos:
- americano como oriundo de América
- americano como sinónimo de estadounidense
Ambos son correctos. Pero una cosa es la corrección lingüística y otra, la carga cultural. El show de Bad Bunny vino a tensionar justamente ese punto: recordó que América es un territorio múltiple, diverso y fragmentado, no una sola bandera ni un solo idioma.
El Super Bowl como vitrina ideológica
El Super Bowl ya no es solo un evento deportivo ni musical: es un campo de disputa simbólica. Cada artista que se sube a ese escenario lleva consigo algo más que un repertorio: lleva una identidad.
En ese sentido, Bad Bunny fue menos músico y más declaración. No fue un concierto, fue una irrupción cultural. Una manera de decirle a millones de espectadores que el centro del mundo pop ya no es exclusivamente anglo, que el español puede ocupar el horario prime y que la latinidad no necesita pedir permiso.
Tal vez el mayor mérito de Bad Bunny en el Super Bowl fue demostrar que un espectáculo puede ser relevante incluso cuando musicalmente es malísimo y sus canciones dan vergüenza ajena. Su show fue torpe en sonido, pero lúcido en intención. No fue un momento para la historia de la música, pero sí para la historia cultural del evento. Porque, con todas sus enormes falencias, dejó algo claro: América no es un país. Es un continente. Y este domingo, aunque fuera con el volumen bajo, alguien se atrevió a recordarlo en la vitrina más poderosa del planeta.

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