viernes, 7 de noviembre de 2025

Chile no es Alemania ni Francia: el espejismo del centrismo en tiempos de fractura ideológica

En un país con comunistas en el gobierno y con la amenaza latente de un nuevo estallido delictual, soñar con un liderazgo tipo Merkel o Macron es ingenuo. Chile no vive en el equilibrio institucional de Europa, sino en una tensión constante donde el orden democrático se ve permanentemente amenazado.


Candidatos 2025.
Hay algo muy comprensible —y hasta noble— en admirar a líderes como Angela Merkel o Emmanuel Macron. Representan una forma de política seria, racional, institucional. Son los rostros del llamado “centro ilustrado”, que busca equilibrio entre libertad y justicia social, entre mercado y Estado, entre tradición y modernidad. Pero lo que suele olvidarse es que ese tipo de liderazgo florece sólo en ecosistemas políticos estables, donde las reglas básicas del juego no están en disputa. Y lamentablemente, ese no es el Chile de hoy, donde tenemos a tres candidatos presidenciales de extrema izquierda, como son los casos de Jeannette Jara, Eduardo Artés y Marco Enríquez Ominami.

Un país lejos de la normalidad

Chile, por más que nos guste pensarlo como un país “normal” en el contexto occidental, está lejos de esa normalidad. Acá hay comunistas en el gobierno. Y eso no es una frase antojadiza ni una exageración: significa que en la coalición oficialista conviven quienes creen en la democracia liberal con quienes, abiertamente, cuestionan sus fundamentos. En Alemania o Francia, los partidos comunistas son fuerzas testimoniales, casi fantasmagóricas, relegadas a los márgenes del sistema. En Chile, en cambio, tienen ministros, diputados y senadores; personajes con un poder real y una influencia ideológica que empuja al país hacia una lógica de confrontación y revancha.

A eso se suma algo todavía más inquietante: la amenaza latente de un nuevo estallido delictual —mal llamado “social”— si la izquierda dura no logra retener el poder. Hoy, basta mencionar una eventual derrota de Jeannette Jara en la presidencial para que resurjan los fantasmas del estallido delictual del 2019. Y a todo esto, hay que sumarle además la verdadera catástrofe que es el terrorismo en la zona de La Araucanía. Es evidente como acá en nuestro país la ultraizquierda utiliza la violencia como instrumento político, y la intimidación como lenguaje de poder. Y ese solo hecho, esa posibilidad de que la gobernabilidad dependa del miedo, destruye cualquier posibilidad de construir un espacio de centro moderado.

Una nación bajo constante amenaza de caos

Cuando se vive bajo la amenaza permanente del caos, el centrismo deja de ser una opción viable. Porque la política del equilibrio requiere algo básico: que todos los actores reconozcan los límites del sistema. Y en Chile, una parte relevante de la izquierda no lo hace. Habla de “refundar”, “transformar”, “luchar” y “romper con el modelo”, como si las instituciones fueran obstáculos a eliminar y no pilares que proteger.

Por eso, admirar a figuras como Merkel o Macron desde Chile es como admirar un jardín europeo mientras uno vive en medio de un terremoto. Acá no hay suelo firme para que crezca ese tipo de liderazgos. En nuestro país, la prioridad debe ser otra: reconstruir el orden, restablecer la autoridad, asegurar que la violencia no sea una herramienta de negociación política. Sólo entonces, cuando el país deje de estar fracturado, podremos volver a soñar con un gobierno de centro racional, con una política dialogante, con una derecha moderna que no tenga que actuar a la defensiva frente a la amenaza del caos.

Pero mientras tanto, la política chilena se juega en otro terreno. En uno donde la estabilidad no está garantizada y donde la decisión no es entre ser o no ser una Merkel, sino entre orden o descontrol. Y ahí, no hay espacio para las medias tintas, ni menos para la ingenuidad.

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