En el debate sobre inmigración, la derecha corre el riesgo de caer en una trampa: confundir legítima preocupación por la seguridad ciudadana con xenofobia. No son lo mismo. Y si queremos ser coherentes con la defensa de la libertad, la propiedad privada y la dignidad de la persona, debemos dejarlo en claro: la xenofobia es inaceptable, porque reduce al individuo a un estereotipo prefabricado y desconoce su condición de ser humano con derechos.
La dignidad no depende del pasaporte
La tradición liberal y libertaria, desde Locke hasta Hayek, ha defendido que todo individuo posee derechos intrínsecos que no se anulan por razones de nacionalidad. La xenofobia rompe con esa base ética, porque encasilla a millones de personas en un colectivo sospechoso sólo por haber nacido en otro país. Es un error conceptual y moral. La dignidad humana no depende de un pasaporte, sino de la condición de persona.
| Paseo Ahumada. |
Repudiar al delincuente, no al inmigrante honesto
Otra cosa muy distinta es la inmigración delictual. Chile, como cualquier nación soberana, debe tener una política firme y clara respecto a la protección de sus fronteras, y frente al crimen organizado, la trata de personas o el narcotráfico. Aquí no caben ingenuidades: el inmigrante que delinque debe ser perseguido, sancionado y, de ser necesario, expulsado. Pero una cosa es repudiar al delincuente y otra muy distinta es condenar al trabajador, al emprendedor o al estudiante que viene a aportar.
No se puede, y no se debe, meter a todos los inmigrantes en el mismo saco. A las personas hay que juzgarlas respecto a su accionar. Son los actos los que nos definen, antes que cualquier otro factor.
Xenofobia: un arma de doble filo
Encasillar a todos los inmigrantes en el mismo saco no solo es injusto, también es contraproducente. Alimenta divisiones sociales, fortalece al populismo y termina otorgando al Estado un poder arbitrario para decidir quién merece vivir en libertad. El resultado es que la derecha pierde credibilidad moral y abandona el terreno de la defensa de la libertad individual.
El camino correcto no es la xenofobia, sino una política migratoria seria: fronteras seguras frente a quienes quieran ingresar "a la mala", registro claro de quién entra al país y bajo qué condiciones, y tolerancia cero con el delito. Pero al mismo tiempo, apertura para quienes quieren trabajar, integrarse y respetar la ley. Esa distinción es clave para evitar el error de transformar un problema de seguridad en un pretexto para negar la dignidad a personas inocentes.
Libertad, dignidad y seguridad van de la mano
Desde la perspectiva de una derecha liberal y responsable, debemos ser claros: xenofobia y libertad son incompatibles. Rechazar la xenofobia no significa cerrar los ojos al crimen; significa hacer la distinción esencial entre el delincuente que merece todo el peso de la ley y el inmigrante honesto que merece respeto. Lo primero asegura orden, lo segundo asegura justicia. Y sólo la combinación de ambas cosas permite construir un país seguro, libre y digno, fiel a los principios que han hecho grande a la civilización occidental.
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