Mientras la Copa del Mundo sigue creciendo en cantidad de participantes, sedes y costos de organización, cada vez son menos los países capaces de albergar el mayor evento deportivo del planeta. Reducir el torneo a 32 selecciones, limitar las candidaturas conjuntas y flexibilizar las exigencias de infraestructura podría devolverle al Mundial parte de su esencia y abrir la puerta a nuevos anfitriones.
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| Copa del Mundo. |
La Copa del Mundo de la FIFA siempre fue mucho más que un torneo de fútbol. Durante décadas representó una vitrina para mostrar culturas, ciudades y proyectos nacionales. Sin embargo, la evolución reciente del certamen parece apuntar en dirección contraria. El Mundial de 2026 será el primero con 48 selecciones y será organizado simultáneamente por tres países. La tendencia es clara: cada vez se necesitan más estadios, más infraestructura y más recursos para cumplir con las exigencias de la FIFA.
El problema es evidente. A medida que aumentan los requisitos, disminuye el número de naciones capaces de organizar un Mundial por sí solas. El torneo más importante del planeta corre el riesgo de convertirse en un privilegio reservado para un puñado de países sumamente ricos o para grandes bloques regionales. Quizás sea momento de preguntarse si el crecimiento permanente realmente beneficia al fútbol.
El regreso a los 32 equipos
La ampliación a 48 selecciones fue presentada como una oportunidad para democratizar el acceso a la Copa del Mundo. Sin embargo, también trae consecuencias deportivas difíciles de ignorar.
Entre 1998 y 2022, con 32 participantes, los Mundiales ofrecieron un equilibrio razonable entre inclusión y competitividad. El formato permitió la aparición de selecciones emergentes sin sacrificar el nivel general del torneo. Basta recordar las campañas de Croacia en 1998 y 2018, Senegal en 2002 o Marruecos en 2022 para comprobar que el sistema ya ofrecía espacio para las sorpresas.
Con 48 equipos, la fase final aumenta significativamente el número de partidos y existe el riesgo de que las diferencias entre las mejores y las peores selecciones se vuelvan más evidentes. La Copa del Mundo no debería transformarse en una versión ampliada de las eliminatorias continentales. Su esencia radica precisamente en reunir a la élite del fútbol mundial.
Volver a 32 participantes permitiría mantener el prestigio deportivo del certamen, reducir costos organizativos y evitar un calendario cada vez más saturado para clubes y futbolistas.
Basta de Mundiales repartidos entre tres, cuatro o más países
La organización compartida puede ser una solución excepcional, pero no debería convertirse en la norma.
La candidatura de tres países para el Mundial de 2026 y la inédita organización repartida entre seis naciones para la Copa del Mundo de 2030 demuestran hasta qué punto la FIFA ha elevado las exigencias. Lo que antes podía asumir una sola nación hoy requiere alianzas continentales para cumplir con los estándares exigidos.
El Mundial siempre tuvo una identidad territorial clara. Alemania 2006 era Alemania. Sudáfrica 2010 era Sudáfrica. Brasil 2014 era Brasil. Esa conexión entre torneo y país anfitrión ayudaba a construir una narrativa única y reforzaba el legado de cada edición.
Limitar la organización conjunta a un máximo de dos países permitiría conservar esa identidad sin impedir colaboraciones cuando sean realmente necesarias.
El problema de los estadios gigantes
Aquí aparece quizás la reforma más importante de todas las que acá propongo. Actualmente, la FIFA exige para las fases decisivas estadios de enormes dimensiones. La final debe disputarse en un recinto cercano o superior a los 80 mil espectadores y las semifinales requieren estadios que rondan los 60 mil o incluso más, dependiendo de la candidatura. Sobre el papel parece razonable. En la práctica, se transforma en una barrera casi infranqueable para gran parte del mundo.
La realidad es simple: muy pocos países poseen estadios de semejante magnitud. Según datos de World Stadiums y de las propias federaciones nacionales, menos de una veintena de países cuentan con recintos que superen los 80 mil espectadores, mientras que la cifra disminuye considerablemente cuando se analizan estadios modernos que además cumplen con todos los requisitos de la FIFA.
Eso explica por qué las opciones de organización suelen concentrarse en las mismas naciones. Países con una enorme tradición futbolística, pero con mercados más pequeños, quedan automáticamente descartados. Chile, Colombia, Perú, Austria, Dinamarca, Grecia, Serbia, Uruguay, Países Bajos, Hungría o Polonia, sólo por nombrar a algunos, difícilmente pueden competir cuando la vara está puesta en infraestructuras que utilizan apenas un puñado de países.
La paradoja es evidente. La FIFA habla de expandir el fútbol, pero sus exigencias para albergar un Mundial restringen cada vez más el universo de candidatos.
Una propuesta más realista
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| Mundial de fútbol. |
La final podría disputarse perfectamente en un estadio para 60 mil espectadores, mientras que semifinales y cuartos de final podrían jugarse en recintos para 40 mil personas. La fase de grupos, por su parte, podría desarrollarse en estadios con aforos de un mínimo de entre 25 mil y 30 mil espectadores.
La historia demuestra que el éxito de una Copa del Mundo jamás dependió exclusivamente del tamaño de los estadios. Los Mundiales más recordados permanecen en la memoria por sus partidos, sus figuras y sus historias humanas, no por la cantidad de asientos disponibles en las tribunas.
Con criterios más flexibles, decenas de países podrían presentar candidaturas viables sin embarcarse en megaproyectos millonarios cuya utilidad posterior resulta dudosa.
El ejemplo de los elefantes blancos
La historia reciente demuestra que construir estadios enormes para un evento de pocas semanas rara vez resulta una inversión eficiente.
Tras el Mundial de Brasil 2014, varios recintos quedaron subutilizados y generaron elevados costos de mantenimiento. Algunos estadios construidos o remodelados para la cita mundialista pasaron a recibir una cantidad de público muy inferior a su capacidad, convirtiéndose en símbolos de una planificación deficiente. En el caso de Qatar 2022, esto fue aún más radical, porque incluso se tuvo que demoler estadios después del evento.
Reducir las exigencias permitiría privilegiar proyectos sostenibles y adaptados a la realidad de cada país, evitando obras que terminan convertidas en monumentos al despilfarro.
Un Mundial más accesible y auténtico
La FIFA suele hablar de inclusión, desarrollo y expansión global. Sin embargo, muchas de sus decisiones apuntan justamente en sentido contrario.
Un Mundial con 32 selecciones, organizado por un máximo de dos países y con exigencias de infraestructura más razonables permitiría ampliar el número de potenciales anfitriones, reducir costos y recuperar parte de la identidad histórica del torneo.
Porque el fútbol no necesita estadios gigantescos ni torneos interminables para emocionar al mundo. Necesita algo mucho más simple: competencia, pasión y la posibilidad real de que más países puedan soñar con recibir la Copa del Mundo. Hoy ese sueño parece reservado para unos pocos. La gran reforma pendiente consiste precisamente en devolverlo a muchos.


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