Bajo el disfraz de la “desnazificación”, Rusia ha intentado legitimar una invasión brutal que ha dejado miles de muertos, ciudades destruidas y millones de desplazados. La existencia de grupos ultraderechistas en Ucrania —reales, pero marginales— no convierte al país en un Estado nazi. Mucho menos justifica una guerra de conquista en pleno siglo XXI.
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Porque una cosa es reconocer que en Ucrania existen pequeños grupos ultranacionalistas —como existen en toda Europa y también en Rusia— y otra muy distinta es sostener que el Estado ucraniano sea "nazi" o "fascista", lo cual es una falacia en sí misma. Esa afirmación no resiste análisis histórico, político ni académico. Más bien, parece una excusa ridícula y absurda, construida para justificar una invasión imperial, violenta y profundamente destructiva.
La manipulación histórica como arma de guerra
Para comprender por qué Rusia insiste tanto en la idea del “nazismo ucraniano”, hay que entender el peso emocional de la Segunda Guerra Mundial en la memoria rusa. La Unión Soviética perdió cerca de 27 millones de personas combatiendo a la Alemania nazi. En Rusia, la victoria sobre Hitler no es solo un episodio histórico: es parte del corazón identitario del país.
Por eso el Kremlin explota esa memoria constantemente. Asociar al enemigo con el nazismo permite transformar cualquier conflicto en una cruzada moral. El historiador Timothy Snyder ha explicado que Rusia utiliza el término “nazi” como una etiqueta propagandística vacía para describir a cualquier adversario político o nacional que desafíe la influencia rusa. Snyder incluso ha señalado que la retórica rusa invierte la historia: acusa de fascismo a un país democrático mientras el propio Kremlin desarrolla prácticas profundamente autoritarias.
Y la contradicción más evidente es imposible de ignorar: el presidente ucraniano Volodymyr Zelenskyy es judío, tiene familiares que fueron asesinados durante el sanguinario Holocausto, y además fue elegido democráticamente con más del 70% de los votos. Resulta difícil sostener seriamente que un país gobernado por un presidente judío sea una “dictadura nazi”.
Sí, existen neonazis en Ucrania... como también en Rusia, Europa y América
Aquí conviene ser intelectualmente honestos: sí existen grupos neonazis y ultraderechistas en Ucrania. El caso más conocido es el Azov Brigade, originalmente nacido como un batallón voluntario con integrantes vinculados al nacionalismo radical. Negarlo sería absurdo.
Pero el punto clave es otro: esos grupos son políticamente marginales. En las elecciones parlamentarias ucranianas de 2019, los partidos de extrema derecha obtuvieron resultados mínimos y quedaron muy lejos de controlar el Estado. Distintos estudios académicos han mostrado que la ultraderecha ucraniana tiene menos apoyo electoral que movimientos similares en varios países de Europa Occidental.
El politólogo alemán Andreas Umland, especialista en nacionalismo ucraniano, ha señalado reiteradamente que exagerar el peso político de esos grupos constituye una distorsión deliberada impulsada por Moscú. Lo mismo ha sostenido la investigadora Marlene Laruelle, quien advierte que Rusia instrumentaliza casos aislados para construir una caricatura ridícula y absolutista del país.
Y además, si la existencia de pequeños grupos neonazis justificara una invasión militar, entonces prácticamente ningún país estaría a salvo. En Alemania existen células neonazis. También en Francia, Estados Unidos, Italia, España e incluso en Rusia, donde organizaciones ultranacionalistas y supremacistas han operado durante años. Nadie propone invadir esos países por ello. Porque sería una locura.
El verdadero objetivo: reconstruir una esfera imperial rusa
Muchos expertos sostienen que la guerra no tiene como causa principal el “nazismo”, sino la voluntad rusa de impedir que Ucrania se acerque política, económica y culturalmente a Occidente.
El ex campeón mundial de ajedrez y opositor ruso Garry Kasparov ha descrito la invasión como un proyecto imperial disfrazado de lucha antifascista. Según Kasparov, el Kremlin no tolera la existencia de una Ucrania independiente, democrática y orientada hacia Europa, porque eso representa una amenaza política para el modelo autoritario ruso.
La propia evolución histórica lo demuestra. Durante años, Rusia negó la existencia de una identidad nacional ucraniana separada. El mismo Vladimir Putin publicó textos argumentando que rusos y ucranianos serían “un solo pueblo”. Bajo esa lógica siniestra, Ucrania no sería una nación plenamente legítima, sino un territorio que debería volver a la órbita rusa. Eso tiene mucho más sentido geopolítico que la insólita tesis de la “desnazificación”.
Una guerra brutal que no necesitaba excusas morales
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La historia enseña que las potencias expansionistas muchas veces construyen relatos morales para justificar sus guerras. Antes se hablaba de “civilizar”, “liberar” o “proteger minorías”. Hoy el Kremlin habla de “desnazificar”. El mecanismo es el mismo: transformar una invasión en una supuesta obligación ética.
Defender a Ucrania no significa negar sus problemas
Apoyar la causa ucraniana no implica idealizar al país ni negar sus tensiones internas. Ucrania tiene corrupción, nacionalismo duro y grupos radicales, como muchos otros Estados europeos. Pero nada de eso la convierte en un régimen nazi.
La diferencia entre una democracia imperfecta y un Estado totalitario es enorme. Ucrania tiene elecciones competitivas, alternancia política, prensa crítica y pluralidad ideológica. Los grupos extremistas existen, pero no gobiernan el país ni controlan sus instituciones.
En definitiva, la inaudita acusación rusa de “nazismo” funciona más como un instrumento propagandístico que como una descripción seria de la realidad. Y aceptar esa narrativa sin cuestionarla equivale a validar la idea de que cualquier potencia puede inventar una amenaza ideológica para aplastar militarmente a un vecino soberano.
Porque si mañana cualquier país pudiera invadir otro alegando la existencia de grupúsculos radicales, el orden internacional entero se volvería inviable. Y el mundo entraría en una lógica de guerras permanentes basadas en excusas morales fabricadas desde el poder.


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