Entre una economía debilitada, una oposición implacable y un escenario internacional adverso, el Gobierno enfrenta una tarea monumental: reconstruir la confianza, recuperar la inversión y devolverle estabilidad a Chile.
A poco más de dos meses de la llegada de José Antonio Kast a La Moneda —tras asumir el pasado 11 de marzo— el país sigue atravesando un escenario extremadamente complejo, donde las urgencias heredadas, las fracturas políticas y las turbulencias internacionales han marcado el ritmo de una administración que recién comienza.
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| José Antonio Kast. |
La guerra entre Estados Unidos e Irán, por ejemplo, provocó un fuerte aumento en el precio internacional del petróleo, impactando directamente en combustibles, transporte, alimentos y prácticamente toda la cadena de consumo mundial. Chile, como economía abierta y altamente dependiente de factores externos, inevitablemente ha resentido ese golpe. La inflación derivada de ese fenómeno no responde exclusivamente a decisiones internas del Gobierno, sino a una crisis internacional que afecta a buena parte del planeta.
Pero quizás el desafío más complejo para el actual mandatario no ha sido económico, sino político: intentar construir gobernabilidad dentro de un sector históricamente fragmentado y muchas veces incapaz de actuar con cohesión.
Tres derechas, un mismo desafío
El oficialismo que sostiene al Presidente Kast está lejos de ser homogéneo. Conviven republicanos, sectores de Chile Vamos y grupos centristas que muchas veces mantienen diferencias profundas respecto al ritmo, la profundidad y la forma de las reformas. Y todos ellos, habría que sumarles una cuarta derecha, el Partido Nacional Libertario, que decidió no integrarse formalmente al Gobierno.
Ese ha sido uno de los principales problemas de estos primeros meses: mientras la izquierda suele alinearse con relativa rapidez detrás de objetivos comunes, las derechas chilenas históricamente han tendido a la fragmentación interna, al conflicto identitario y al desgaste mutuo. La derecha siempre ha sido autoflagelante. Y eso inevitablemente ralentiza cualquier intento de transformación estructural.
Curiosamente, algo similar ocurrió durante el gobierno de Gabriel Boric, quien también intentó unir sectores muy distintos dentro de su coalición. Sin embargo, en el caso de Kast el fenómeno parece aún más complejo, porque no son dos sensibilidades las que conviven, sino al menos tres grandes mundos políticos con culturas y prioridades distintas... y en ese sentido, la derecha es mucho menos pragmática que la izquierda.
A ello se suma una oposición de ultraizquierda especialmente dura, que ha mostrado escasa disposición a construir acuerdos amplios. Durante el gobierno de Boric, sectores de Chile Vamos colaboraron en determinados consensos institucionales y reformas consideradas relevantes para la estabilidad del país. Hoy, en cambio, buena parte de la izquierda parece más enfocada en bloquear políticamente al Ejecutivo que en facilitar soluciones de largo plazo.
La Reconstrucción Nacional como apuesta económica
En medio de ese escenario aparece el proyecto de “Reconstrucción Nacional”, probablemente el eje económico más ambicioso del gobierno hasta ahora. Detrás del concepto político existe una idea concreta: reducir la carga tributaria corporativa para incentivar inversión, crecimiento y empleo.
Actualmente, Chile mantiene un impuesto corporativo del 27%, cifra superior al promedio de varios países de la OCDE que han optado por modelos más competitivos para atraer capital y dinamizar sus economías. Irlanda, por ejemplo, mantiene una tasa de 12,5%; Hungría, de 9%; mientras otras economías desarrolladas han impulsado esquemas tributarios más flexibles para fortalecer la inversión privada.
La lógica económica detrás de esta propuesta ha sido respaldada históricamente por teóricos como Milton Friedman y Arthur Laffer, quienes sostuvieron que menores cargas tributarias pueden estimular actividad económica, expansión empresarial y generación de empleo.
La apuesta del Gobierno apunta justamente a eso: volver a crecer para recuperar recaudación futura, fortalecer el empleo formal y reactivar una economía que lleva años funcionando muy por debajo de su potencial.
Un gobierno que recién comienza
Dos meses son insuficientes para reconstruir problemas acumulados durante años. Y probablemente ahí radica uno de los errores más frecuentes del debate político actual: exigir resultados inmediatos en un país que viene arrastrando deterioros profundos desde hace bastante tiempo.
El Gobierno de Kast enfrenta una tarea titánica. No solo debe ordenar variables económicas y enfrentar presiones internacionales; también debe intentar recomponer la confianza institucional, recuperar seguridad, atraer inversión y devolver estabilidad política a un país exhausto de polarización.
El tiempo dirá si el proyecto logra consolidarse. Pero lo evidente, por ahora, es que Chile atraviesa una etapa donde gobernar significa hacerlo en medio de una tormenta política, económica y cultural de enormes proporciones. Y en ese contexto, cualquier intento serio de reconstrucción nacional requerirá algo que hoy parece escaso en la política chilena: visión de largo plazo y capacidad de anteponer el país a las trincheras ideológicas.

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