lunes, 11 de mayo de 2026

Cuando la violencia de la ultraizquierda reemplaza a las ideas en el debate político

La cobarde agresión al diputado Javier Olivares vuelve a encender las alarmas sobre el avance de una intolerancia política cada vez más brutal en Chile. Lo que antes parecía impensado en democracia, hoy comienza a normalizarse peligrosamente.


Algo se está pudriendo en la política chilena. Y no se trata solamente de la desconfianza ciudadana, del desprestigio institucional o de la polarización ideológica. El problema es aún más grave: la violencia física y la intimidación se están transformando en herramientas válidas para ciertos sectores fanatizados de la ultraizquierda que no toleran la existencia del adversario político.

La cobarde agresión sufrida por el diputado Javier Olivares no es un hecho aislado. Antes ya habían sido víctimas de ataques similares el diputado José Carlos Meza y la ministra Ximena Lincolao. Tres figuras vinculadas a la derecha o la centroderecha atacadas en pocos meses. Tres señales de alerta que muchos prefieren minimizar por conveniencia ideológica.

La intolerancia convertida en método

Comunistas macabros.
La ultraizquierda chilena más radicalizada lleva años construyendo un discurso donde quien piensa distinto no es un adversario democrático, sino un enemigo al que hay que funar, escrachar, humillar o directamente agredir. Esa lógica enfermiza terminó cruzando todos los límites.

Lo más inquietante es que esto ocurre en pleno siglo XXI, en democracia y bajo instituciones que se suponían sólidas. No estamos hablando de episodios ocurridos hace cuarenta o cincuenta años en contextos de convulsión histórica ni de Guerra Fría. Está pasando ahora. En las calles, en universidades, en actos públicos y frente a cámaras. Y lo peor es que perfectamente puede volver a pasar mañana.

Porque cuando la violencia política empieza a justificarse según el color ideológico de la víctima, la democracia deja de ser un espacio de convivencia y comienza a transformarse en una selva donde manda el más agresivo. De hecho, diversas figuras políticas de izquierda y extrema izquierda, como los casos de Helia Molina (en forma solapada) y Carmen Hertz (sin ningún ápice de intentar maquillar su maldad y desprecio) ya han salido a justificar la agresión al diputado Javier Olivares. 

La cobardía disfrazada de activismo

Muchos de estos grupos extremistas intentan revestir sus actos de un supuesto “activismo social”, cuando en realidad operan mediante la intimidación y el amedrentamiento. No buscan debatir. No buscan convencer. Buscan silenciar.

Y ahí está el verdadero peligro: una generación de fanáticos que cree tener superioridad moral suficiente para decidir quién merece hablar y quién no. El problema nunca ha sido protestar; el problema es usar la fuerza bruta para imponer términos políticos. Así no se hace política. Así se degrada. Así se ensucia la convivencia democrática.

También resulta incomprensible que Chile aún no tenga una legislación seria contra las agresiones políticas organizadas. El país avanzó —correctamente— en normativas contra el acoso callejero y los llamados “piropos”, pero sigue sin enfrentar con decisión la violencia dirigida contra autoridades democráticamente electas.

Y seamos claros: una agresión física o una funa coordinada contra un parlamentario no es una simple manifestación incómoda. Es un acto de intimidación política que amenaza directamente la democracia.

Hace tiempo debiese existir una ley antifunas y antiagresiones políticas que sancione con fuerza a quienes hostigan, golpean o persiguen a representantes públicos por razones ideológicas. Porque hoy la impunidad es parte del problema.

El silencio cómplice

Quizás lo más decepcionante sea el silencio de ciertos sectores políticos y mediáticos. Si las víctimas fueran dirigentes de izquierda, probablemente ya tendríamos cadenas nacionales, declaraciones internacionales y especiales televisivos hablando de un supuesto “avance del fascismo”.

Pero cuando los agredidos son figuras de derecha o centroderecha, muchos relativizan, justifican o simplemente miran hacia otro lado. Esa doble vara no solo es hipócrita: es peligrosísima.

La democracia no se defiende únicamente cuando atacan a los nuestros. Se defiende siempre. Incluso —y sobre todo— cuando atacan a quienes piensan distinto.

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